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Desde nuestro punto de vista tenemos una identidad, una idiosincrasia, y tomamos leves reflejos de lo que se propone por allá, pero no tenemos esa dependencia mental de la última moda. México, por ejemplo, tiene libre albedrío en ese sentido, lo cual no pasa en Buenos Aires, donde se siguen las temporadas como en Londres o París. La moda del norte nos influencia indudablemente, lo cual se refleja en nuestro mercado y en las adaptaciones que se venden por aquí. Todo lo que se produce para ese mercado americano, nosotros lo recibimos con mayor agrado pues eso tiene influencias de las grandes pasarelas, pero piensan en estilos pragmáticos. También somos influenciados en como interpretan la moda los españoles pues ellos adaptan la moda para que sea vendible y, ejemplo de ello son las grandes marcas introducidas recientemente como Zara y MNG, marcas que generan una moda globalizada masiva. Recordemos que se le llama moda a todo aquello que se reproduce, la repetición en el estilo es moda. Al punto de que las grandes casas de moda, que cuentan con un fuerte nombre como Gucci, buscan creativos en vez de personajes, estos en cambio son sustituidos por una camada de diseñadores jóvenes de sitios como Brasil, tendencia muy fuerte en los últimos 10 años. Mantener la relación con gente diva se vuelve incómodo en el mundo de los negocios, como ocurrió con Tom Ford, Jil Sander y otros, que fueron despedidos de sus respectivas empresas, sin que eso significara pérdidas para las empresas. Gucci ha duplicado las expectativas a pesar de que Ford ya no esté, lo que prevalece es el nombre de la marca y de esa forma manejan las fichas a su antojo. El mayor negocio de los diseñadores no es la ropa, sino los accesorios, como los anteojos, los perfumes, que llegan al mundo entero y fortalecen sus negocios.
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